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Jose Miguel Segovia
España
Los basureros del ayuntamiento
Los basureros del ayuntamiento
eran lo más parecido a un jardinero
que se había visto jamás en nuestro barrio.
Llegaban a nuestras calles vestidos como austronautas,
bajaban del camión,
sacaban sus cigarrillos
y todos a un tiempo
dejaban de contarse chistes y parlotear
y solemnemente se callaban.
¿Quiénes eran en realidad? Tenían
esposas e hijos a los que propinar palizas
con cierto éxito en televisión, fumaban
desde los doce o antes y se despreocupaban
por igual de la religión, de su grado de alcoholismo
o de su aliento, o sea, lo más anodino del catálogo,
o sea, aunque había una fotografía muy simpática
de todos ellos brindando ruidosamente en
ya no se sabe qué fecha, el mundo podía
pasar de todo eso. Así que preparaban sus mangueras,
encendían sus cigarrillos y regaban
la raya que habían pintado recientemente los filipinos,
y que la mayoría no podía pasar,
y la raya que pintaron un día los argentinos,
y la raya que antes pintaron los gitanos,
y la raya de los catalanes,
y la de los peruanos, murcianos, argelinos,
gallegos, senegaleses, chilenos
y la lista sigue.
Los basureros del ayuntamiento
sabían que no iba a ser gracias a ellos
que los barceloneses olvidarían un día decirse
cuidado no te pases de la raya, o te estás pasando
de la raya, o te has pasado de la raya y vas
a pagarlo, queriendo decir la raya de los
socialistas o la de los nacionalistas o la de los
taxistas, o la de los evangelistas, o la de los
divorciados o los parados o los abogados o los cuñados
y la lista sigue y sigue hasta que
ya no sabes dónde poner los pies ni
en qué lado de la raya te has parado
a fumarte tu cigarrillo,
pero luego te tranquilizas
y piensas que
todo estará más claro el próximo sábado
cuando vuelvan a regar las calles y se seque
el asfalto.
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